Violencia en la pareja: formas visibles e invisibles

La importancia de reconocer las señales y las distintas formas

Cuando hablamos de violencia en la pareja, muchas personas se imaginan rápidamente golpes, empujones o agresiones físicas. Sin embargo, la violencia en un vínculo no siempre empieza ni se expresa de esa manera. A veces aparece de forma más gradual: en el control, la intimidación, la humillación, la vigilancia, el aislamiento o la pérdida progresiva de la autonomía previa.

Si bien existen distintas definiciones de violencia, resulta pertinente tomar como referencia la propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que la entiende como el uso intencional de la fuerza física o del poder, ya sea como amenaza o de manera efectiva, contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad, cuando esto causa o tiene muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daño psicológico, alteraciones del desarrollo o privaciones.

Esta definición es especialmente útil porque no reduce la violencia al daño físico. También incluye el uso del poder, la amenaza, el daño psicológico y las privaciones, aspectos centrales para comprender muchas formas de violencia que pueden manifestarse en una relación de pareja.

En la actualidad, muchas parejas, casadas o no, pueden atravesar dinámicas de conflicto intenso. Pero no todo conflicto es violencia. Discutir, tener desacuerdos o atravesar alguna crisis no convierte automáticamente una relación en violenta. La diferencia surge cuando una persona comienza a sentirse anulada, atemorizada, controlada o dañada de manera sostenida.

En Argentina, estas situaciones pueden darse en matrimonios, parejas convivientes, noviazgos o vínculos con exparejas, independientemente de la orientación sexual de sus integrantes. Aunque muchas veces se habla de “violencia familiar” o “violencia de género” desde el marco legal o institucional, desde la psicología clínica nos interesa observar también cómo se organiza el vínculo: qué conductas producen miedo, control, daño, aislamiento o pérdida de autonomía.

Desde una mirada clínica, la violencia de pareja no debería entenderse únicamente como un episodio aislado, sino como un patrón que puede afectar la seguridad, la libertad personal, la autoestima y la salud mental.

La violencia en la pareja no siempre deja marcas visibles

Violencia en la pareja

La literatura sobre la violencia de pareja íntima suele describir distintas formas de daño: violencia física, agresión psicológica, violencia sexual y acoso o persecución. Algunas de estas formas son más visibles, pero otras pueden permanecer ocultas durante mucho tiempo (Chester & DeWall, 2018).

La violencia física incluye golpes, empujones, zamarreos, restricciones físicas, amenazas con objetos o cualquier conducta que busque dañar corporalmente o generar miedo mediante la fuerza.

La violencia sexual implica cualquier forma de coerción o presión sexual dentro del vínculo: insistencia, imposición, intimidación, culpa, amenazas o prácticas no consentidas. Estar en pareja no elimina la necesidad de consentimiento.

La violencia psicológica o emocional puede incluir insultos, humillaciones, descalificaciones, amenazas, manipulación, intimidación, indiferencia hostil, gaslighting o invalidación persistente. Aunque no deje marcas físicas, puede afectar profundamente la autoconfianza, la percepción de la realidad y la estabilidad emocional.

La violencia económica surge cuando una persona controla, restringe o manipula los recursos económicos de la otra: impedirle trabajar, controlar sus ingresos, revisar cada gasto, retener dinero, generar dependencia o sabotear su autonomía laboral.

La violencia digital es una forma cada vez más frecuente. Puede incluir revisar el celular sin consentimiento, exigir contraseñas, controlar las redes sociales, vigilar la ubicación, acosar por mensajes, monitorear contactos o amenazar con difundir información íntima. Muchas veces se presenta como “cuidado”, “amor” o “necesidad de confianza”, pero puede convertirse en una forma de vigilancia y control.

El control como señal central

Violencia en la pareja

A veces una conducta puede parecer menor si se observa separada de las demás: un comentario, una revisión del celular, una crítica, una escena de celos, una restricción económica, una amenaza dicha “en caliente”. Pero cuando estas conductas se repiten y comienzan a limitar la vida de la otra persona, el problema cambia de dimensión.

El control puede aparecer mucho antes de la agresión física. Puede manifestarse en reglas rígidas, monitoreo constante, restricciones sociales, control financiero, aislamiento progresivo o exigencias sobre cómo vestirse, con quién hablar, dónde ir o qué publicar.

Desde una perspectiva cognitivo-conductual, la violencia de pareja puede analizarse como una secuencia: qué ocurre antes, durante y después de un episodio violento. En ese proceso suelen aparecer antecedentes, disparadores, intentos de prevención, escalada, consecuencias y momentos de reconciliación. Esta mirada permite comprender que la violencia no surge “de la nada”, sino que muchas veces forma parte de una dinámica que se va consolidando con el tiempo (Ager, 2020).

Pensamientos, emociones y patrones de interacción

Violencia en la pareja

Desde la terapia cognitiva con parejas, también resulta importante observar cómo cada integrante interpreta lo que ocurre en el vínculo. Dattilio y Padesky (1990) señalan que las creencias sobre la relación, las expectativas irreales y las atribuciones erróneas pueden sostener interacciones disfuncionales.

En situaciones de violencia, esta lectura debe hacerse con especial cuidado: comprender las interpretaciones y los patrones de interacción no significa repartir responsabilidades por igual ni justificar el daño. Significa identificar cómo ciertas cogniciones, emociones y conductas pueden escalar el conflicto, sostener el miedo o dificultar la búsqueda de ayuda.

Una persona puede interpretar una demora como rechazo, una diferencia como amenaza, una conversación como ataque o un límite como abandono. Estas interpretaciones pueden activar respuestas emocionales intensas y conductas defensivas, controladoras o agresivas. Sin embargo, ninguna interpretación emocional justifica la intimidación, la coerción, el maltrato o la violencia.

La persona afectada muchas veces intenta evitar más conflicto

Violencia en la pareja

Una idea importante es que quien atraviesa violencia no necesariamente permanece pasivo. Muchas personas intentan prevenir, calmar, evitar o reducir los episodios de distintas maneras: evitan ciertos temas, miden sus palabras, intentan tranquilizar a la otra persona, ocultan información para no provocar enojo o intentan sostener la convivencia sin que el conflicto escale.

Estas estrategias pueden ser intentos de protección. Sin embargo, cuando la relación está organizada alrededor del miedo o del control, muchas de esas acciones no logran detener la violencia y pueden incluso dejar a la persona más agotada, aislada o confundida.

Por eso, es importante evitar preguntas culpabilizantes como “¿por qué no se fue antes?” o “¿por qué no hizo algo?”. Muchas veces la persona hizo muchas cosas, pero dentro de un contexto donde sus opciones estaban condicionadas por el miedo, la dependencia, la amenaza, la vergüenza, los hijos, poca disponibilidad de recursos económicos, el aislamiento o la esperanza de cambio.

Después del episodio violento: distancia, culpa y reconciliación

Violencia en la pareja

Después de un episodio violento no siempre aparece la ruptura. Muchas veces se produce una combinación de distancia, silencio, miedo, culpa, vergüenza, ocultamiento, promesas de cambio y reconciliación.

Puede haber pedidos de perdón, gestos de afecto, regalos, explicaciones, llanto, promesas de que “no va a volver a pasar” o momentos de aparente calma. Estos momentos pueden ser emocionalmente muy confusos, porque la misma persona que dañó también puede mostrarse arrepentida, vulnerable o afectuosa.

Esto no significa que el arrepentimiento sea siempre falso. Pero cuando no hay cambios concretos, responsabilidad sostenida ni una búsqueda real de ayuda, la reconciliación puede convertirse en parte del ciclo que sostiene el problema.

Violencia situacional, conflicto y abuso: no todo es lo mismo

Violencia en la pareja

No todas las situaciones de violencia en pareja tienen la misma estructura ni el mismo nivel de riesgo.

Algunas parejas pueden presentar episodios de agresión en el contexto de discusiones intensas, pobre regulación emocional, consumo de sustancias, impulsividad o dificultades graves de comunicación. Esto no justifica la agresión, pero permite comprender algunos factores de riesgo y pensar en intervenciones específicas.

Otras relaciones están organizadas alrededor del control coercitivo: una persona intimida, vigila, limita, humilla, amenaza o reduce la autonomía de la otra de manera sostenida. En estos casos, el problema no es solamente “cómo discuten”, sino el poder, el miedo y la libertad dentro del vínculo.

Esta distinción es importante. En una pareja altamente conflictiva, pero no abusiva, puede haber margen para trabajar regulación emocional, comunicación, reparación y límites. En una relación abusiva, en cambio, la prioridad no es mejorar la comunicación, sino proteger la seguridad emocional, física, económica y social de la persona afectada.

Factores que pueden aumentar el riesgo

Violencia en la pareja

La violencia de pareja es un fenómeno complejo y multicausal. No responde a una única explicación. La investigación ha señalado distintos factores que pueden aumentar el riesgo de conductas violentas: alta activación emocional, celos intensos, rechazo percibido, hostilidad, baja autorregulación, impulsividad, abuso de alcohol u otras sustancias, antecedentes de violencia, dificultades de salud mental y contextos relacionales muy deteriorados (Chester & DeWall, 2018).

Comprender estos factores no significa justificar la violencia. Significa reconocer que hay condiciones que pueden aumentar el riesgo y que requieren intervención.

Una persona puede sentir enojo, celos, miedo al abandono o frustración, pero sigue siendo responsable de lo que hace con esas emociones. La agresión, la amenaza, la intimidación y el control no son formas aceptables de resolver el malestar.

Impacto en la salud mental

La violencia en la pareja puede producir consecuencias importantes en la salud mental: ansiedad, depresión, síntomas de estrés postraumático, vergüenza, culpa, hiperalerta, aislamiento, confusión, pérdida de confianza en la propia percepción y disminución del sentido de agencia.

A veces la persona empieza a dudar de sí misma: si exagera, si provocó la situación, si debería aguantar más, si el problema es realmente tan grave o si nadie le va a creer.

Esa confusión no es casual. Cuando una persona vive durante mucho tiempo en un vínculo donde se alternan miedo, afecto, control, arrepentimiento y nuevas promesas, puede resultar muy difícil ordenar lo que está ocurriendo.

La violencia también puede afectar al entorno familiar, especialmente cuando hay niñas, niños o adolescentes expuestos a estas dinámicas. Motz (2014) subraya que la violencia doméstica no impacta solamente en los adultos involucrados, sino que puede tener efectos sobre todo el sistema familiar.

¿Qué lugar tiene la psicoterapia?

La psicoterapia, individual o de pareja, puede ayudar a comprender la dinámica, recuperar claridad, fortalecer recursos personales y evaluar los posibles pasos a seguir. Sin embargo, el abordaje depende del tipo de situación.

Cuando hay violencia, coerción, amenazas o miedo, la prioridad clínica siempre es la seguridad. Esto puede implicar fortalecer redes de apoyo, identificar riesgos, recuperar autonomía, elaborar un plan de cuidado y, cuando corresponda, buscar orientación legal o institucional.

En algunos casos, la terapia individual puede ser un espacio fundamental para que la persona afectada recupere confianza en su percepción, disminuya la culpa, comprenda el ciclo de violencia y pueda tomar decisiones con mayor acompañamiento.

La terapia de pareja no siempre está indicada. Cuando hay violencia activa, miedo, coerción o riesgo de represalias, trabajar en formato de pareja puede exponer a la persona afectada a mayor peligro. En estos casos, suele ser más adecuado comenzar por espacios individuales, evaluación de riesgo, fortalecimiento de apoyos y orientación sobre recursos disponibles.

En Argentina, además de la ayuda psicológica, puede ser necesario buscar asesoramiento legal, institucional o comunitario especializado según el nivel de riesgo. La búsqueda de ayuda debería realizarse, siempre que sea posible, de un modo que no aumente la exposición de la persona afectada.

Cuando hay riesgo, pedir ayuda es fundamental

Si una persona experimenta miedo constantemente dentro de su relación, percibe que está siendo controlada, amenazada, aislada o dañada, es importante que no atraviese esa situación en soledad. En situaciones de violencia, pedir ayuda no implica exagerar, no es “agrandar” un problema, sino habilitarse a recibir orientación, recuperar los apoyos y la seguridad.

En Argentina, existen líneas y espacios que pueden brindar atención, contención y asesoramiento a personas en situación de violencia y riesgo, de manera gratuita, las 24 horas y en todo el país. Ante situaciones de emergencia o peligro inmediato, corresponde comunicarse con los servicios de emergencia locales.

Concientización: dejar de minimizar y naturalizar las violencias

Hablar de violencia en la pareja no significa patologizar todos los conflictos ni llamar violencia a cualquier desacuerdo. Significa poder diferenciar una crisis relacional de una dinámica que daña, controla o atemoriza.

La violencia no siempre empieza con un golpe. A veces empieza cuando una persona deja de sentirse libre para hablar, decidir, moverse, trabajar, descansar, vestirse, encontrarse con otros o confiar en lo que percibe. Poder reconocer estas formas de violencia es un primer paso para dejar de naturalizarlas. Y también para recordar algo importante: ninguna relación debería sostenerse a costa de la seguridad, la dignidad o la salud mental de una persona.

  
Violencias de pareja - Terapia Web Argentina
Referencias
  • Ager, R. D. (2020). A qualitative study of intimate partner violence from a cognitive-behavioral perspective. Journal of Interpersonal Violence, 35(23–24), 5198–5227.
  • Chester, D. S., & DeWall, C. N. (2018). The roots of intimate partner violence. Current Opinion in Psychology, 19, 55–59.
  • Dattilio, F. M., & Padesky, C. A. (1990). Cognitive therapy with couples. Professional Resource Exchange Inc.
  • Motz, A. (2014). Toxic couples: The psychology of domestic violence. Routledge.
  • Organización Mundial de la Salud. (2002). Informe mundial sobre la violencia y la salud. OMS.

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