Sobreviviendo a la incertidumbre y escasez
Cuando la escasez de recursos nos lleva a funcionar en “modo supervivencia”
En contextos de inestabilidad económica, laboral o social, muchas personas experimentan una sensación difícil de ignorar: la percepción de que aquello que antes les brindaba cierta seguridad ahora se vuelve incierto. Puede tratarse de la pérdida de trabajo, la reducción de ingresos, la disminución de oportunidades laborales o la amenaza de que ocurra algo de ese orden. Resultando en una posible vivencia de escasez de recursos, privaciones y otras experiencias difíciles.
En la práctica clínica, estas situaciones suelen venir acompañadas de experiencias internas que no siempre son fáciles de reconocer en un primer momento: preocupación persistente, temor al futuro, irritabilidad, cansancio mental, sensación de impotencia o necesidad de controlar cada movimiento.
No se trata solamente de “estar preocupados”. Cuando una persona percibe que sus recursos no alcanzan (o que podrían dejar de alcanzar), algo de su funcionamiento psicológico empieza a reorganizarse en torno a la amenaza.
Escasez, incertidumbre y pérdida de estabilidad
Escasez y supervivencia
La estabilidad no depende únicamente de disponer de recursos materiales. También se relaciona con la percepción de continuidad, previsibilidad y margen de maniobra. Cuando ese margen se reduce, la persona puede empezar a vivir el presente desde una pregunta constante: “¿Y si no me alcanza?”.
Desde la psicología cognitiva, sabemos que la incertidumbre no es una experiencia neutra. Cuando el futuro se vuelve difícil de anticipar, nuestras cogniciones tienden a organizarse en torno a la predicción del riesgo. En estos contextos, es frecuente que se activen procesos de intolerancia a la incertidumbre, entendida como la dificultad para sostener estados en los que el futuro no puede predecirse con claridad (Carleton, 2016).
Desde el modelo de estrés y afrontamiento, esta respuesta puede comprenderse como el resultado de una evaluación en la que la situación es percibida como altamente demandante y los recursos personales como insuficientes. Cuando esto ocurre, puede surgir una sensación de impotencia: la persona siente que necesita resolver algo, pero no encuentra recursos claros para hacerlo (Lazarus & Folkman, 1984).
Escasez y funcionamiento psicológico
La escasez no solo impacta en lo que una persona dispone o puede acceder, sino que también puede afectar la manera de procesar la realidad.
Zhao y Tomm (2018) señalan que la escasez consume recursos cognitivos limitados, como la atención, la memoria de trabajo y el control ejecutivo. Esto puede generar un foco intenso en el problema inmediato, pero también una menor disponibilidad para registrar información útil que queda fuera de ese foco.
En la vida cotidiana, esto permite comprender por qué, ante una amenaza económica o laboral, muchas personas empiezan a organizar sus decisiones según lo que perciben como urgente: reducir gastos, evitar riesgos, postergar proyectos, limitar movimientos o restringir actividades que antes formaban parte de su bienestar.
Desde esta perspectiva, el “modo supervivencia” captura una parte importante del funcionamiento de la persona. No porque la persona pierda sus capacidades, sino porque esas capacidades quedan exigidas por la amenaza de escasez. Parte de la atención, la memoria de trabajo y el control ejecutivo se orientan a calcular, anticipar, evitar pérdidas y conservar recursos.
Escasez y supervivencia
Modo supervivencia: conservar para resistir
Podemos llamar “modo supervivencia” a un estado de funcionamiento en el que la persona organiza gran parte de su conducta para preservar sus recursos y reducir los riesgos.
Este modo puede manifestarse de distintas formas. En algunas personas aparece como hiperactivación: hacer más, trabajar más, buscar más alternativas, revisar opciones constantemente o intentar controlar cada variable disponible. En otras, aparece como retracción: gastar lo menos posible, suspender proyectos, reducir salidas, evitar tomar decisiones o moverse únicamente si es estrictamente necesario.
Aunque parecen respuestas opuestas, ambas comparten una lógica común: preservar recursos ante una amenaza.
La teoría de la conservación de recursos plantea que el estrés surge cuando las personas perciben una amenaza de pérdida, pierden recursos o no logran recuperarlos tras haber invertido esfuerzo (Hobfoll, 1989). Desde esta mirada, muchas respuestas que parecen rígidas o excesivas pueden entenderse como intentos de proteger lo que aún queda.
Cuando la escasez consume la vida
Escasez y supervivencia
La escasez nos puede ayudar a focalizar. En algunas situaciones, ese foco puede ser útil: permite priorizar, reducir gastos, evitar decisiones impulsivas o cuidar recursos limitados. Pero cuando este funcionamiento se prolonga, también puede estrechar el campo vital.
La persona puede empezar a dejar afuera todo aquello que no parezca urgente: descanso, vínculos, disfrute, proyectos personales, creatividad, salud, ocio o espacios de cuidado. Poco a poco, la vida comienza a organizarse más alrededor de sostener que de desarrollar.
La metáfora biológica puede resultar útil. Cuando un organismo percibe la falta de nutrientes, reduce el gasto energético y prioriza funciones esenciales. Si la escasez se prolonga, comienza a prescindir de aquello que no considera vital. En el funcionamiento psicológico puede ocurrir algo similar: la persona empieza a racionar su energía, sus decisiones, sus deseos, sus movimientos y, también, a prescindir de aquello que no considere relevante para su supervivencia.
El problema no es que aparezca el “modo supervivencia”. En muchas situaciones, puede ser necesario. El problema surge cuando se convierte en el único modo de funcionamiento.
Diferencias individuales y contextuales
Frente a la escasez, no todas las personas responden del mismo modo. Las diferencias individuales y contextuales pueden modificar profundamente el impacto psicológico que tendrá esa situación a corto, mediano y largo plazo.
Esto no significa que algunas personas sean “más fuertes” y otras “más débiles”. Tampoco se trata de explicar el impacto psicológico derivado de un supuesto grado de labilidad personal. Más bien, la respuesta frente a la escasez depende de múltiples factores: los recursos concretos con los que se cuenta, la red de apoyo, la historia previa, la duración de la amenaza, la posibilidad real de tomar decisiones y la capacidad de sostener cierto sentido de agencia.
Algunas personas pueden atravesar períodos de escasez sin que esto deje una huella psicológica profunda. Otras pueden quedar más vulnerables si la amenaza se prolonga, se acumula o impacta sobre áreas centrales de su vida. La diferencia no está solamente en la actitud individual, sino en la interacción entre recursos psicológicos, sociales, materiales y contextuales.
Desde la investigación en resiliencia, sabemos que las respuestas ante la adversidad son heterogéneas. Algunas personas presentan malestar persistente, otras se recuperan gradualmente y otras logran sostener un funcionamiento relativamente estable. Esta variabilidad no debería llevarnos a idealizar la resiliencia ni a culpabilizar a quienes sufren más. La resiliencia no es una cualidad mágica, sino un proceso que depende de recursos, vínculos, oportunidades y condiciones de vida (Bonanno & Diminich, 2013; Masten, 2001).
Apoyo psicológico y psicoterapia
Desde la psicología clínica y la psicoterapia cognitiva, es importante no reducir este fenómeno a una lectura individualista. La incertidumbre laboral, la pérdida de ingresos o la amenaza de escasez no son “distorsiones cognitivas”. Son factores reales que pueden impactar profundamente en la vida de una persona.
El trabajo terapéutico no consiste en negar el contexto ni en pedirle a la persona que “piense positivo”. Más bien, implica ayudar a diferenciar qué aspectos dependen efectivamente de la situación y cuáles dependen de la forma en que la persona está respondiendo a esa situación.
El objetivo no es eliminar la respuesta de supervivencia. En muchos momentos puede ser necesaria. El desafío es evitar que la supervivencia ocupe toda la vida.
Una conclusión necesaria
Cuando una persona entra en “modo supervivencia“, no está simplemente exagerando ni fallando en su capacidad de afrontar. Muchas veces está respondiendo a una percepción real o subjetivamente intensa de amenaza, pérdida o escasez.
Sin embargo, cuando todo queda organizado alrededor de conservar, evitar y resistir, algo empieza a reducirse: el descanso, el disfrute, los vínculos, los proyectos y la posibilidad de habitar el presente con mayor amplitud y conciencia.
Comprender este proceso permite mirar el sufrimiento con más precisión y menos juicio. No se trata de preguntarse por qué algunas personas “pueden” y otras “no”. Se trata de comprender qué recursos, condiciones y apoyos hacen posible que una persona atraviese la escasez sin quedar atrapada únicamente en el objetivo de sobrevivir.

Referencias
- Bonanno, G. A., & Diminich, E. D. (2013). Annual research review: Positive adjustment to adversity—Trajectories of minimal-impact resilience and emergent resilience. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 54(4), 378–401.
- Carleton, R. N. (2016). Fear of the unknown: One fear to rule them all? Journal of Anxiety Disorders, 41, 5–21.
- Hobfoll, S. E. (1989). Conservation of resources: A new attempt at conceptualizing stress. American Psychologist, 44(3), 513–524.
- Lazarus, R. S., & Folkman, S. (1984). Stress, appraisal, and coping. Springer.
- Masten, A. S. (2001). Ordinary magic: Resilience processes in development. American Psychologist, 56(3), 227–238.
- Zhao, J., & Tomm, B. M. (2018). Psychological responses to scarcity. In Oxford Research Encyclopedia of Psychology. Oxford University Press.
¿Necesitas consultar con un profesional especializado?
Anímate a dar el primer paso hacia tu bienestar
Reserva ahora mismo tu sesión
Reserva ahora una sesión de consulta por videollamada y sin obligación de continuar con nuestros servicios
Nuestras y nuestros profesionales aguardan tu consulta
