¿Por qué nos pasa? Las raíces de la dependencia emocional
Algunas teorías sobre el miedo a perder al otro
Cuando alguien se reconoce en un patrón de dependencia emocional, casi siempre aparece la misma pregunta: ¿por qué me pasa esto? A veces viene acompañada de culpa o de vergüenza, como si se tratara de un defecto personal.
En este artículo me propongo invitarles a reflexionar sobre algunas posibles raíces de la dependencia emocional. No hay una única causa, pero algunos autores nos ayudan a comprenderla mejor. Es el segundo texto de una serie; si todavía no leyeron el primero, pueden empezar por Dependencia emocional: cuando amar se vuelve necesitar.
Una alarma que se enciende fácilmente
A partir de los trabajos de John Bowlby, muchos investigadores han estudiado cómo nos vinculamos con las personas importantes de nuestra vida. Feeney y Noller (2001) recogen los primeros estudios con adultos, en los que se describió un estilo de apego ansioso. Las personas que se identificaban con él contaban que se preocupaban a menudo por si su pareja las quería o por si se iba a quedar. Deseaban una unión muy estrecha y vivían sus relaciones con mucha intensidad, celos y altibajos.
Levine y Heller (2010) explican que, ante cualquier señal de distancia, el sistema de apego de estas personas se activa con mucha fuerza. Aparecen pensamientos que vuelven una y otra vez al otro, se recuerdan solo sus virtudes y surge una ansiedad que solo parece calmarse con el contacto.
También pueden aparecer lo que los autores llaman conductas de protesta: insistir con mensajes, mostrarse distante para provocar una reacción o amenazar con irse. Son intentos de recuperar la cercanía que, paradójicamente, terminan desgastando el vínculo que se quiere cuidar.
Pensado así, muchas de estas reacciones pueden entenderse como una alarma interna que suena frente a la posibilidad de perder a alguien.
Creencias que se forman en la infancia
Jeffrey Young y sus colegas (2003) parten de una idea sencilla: en la infancia necesitamos sentirnos seguros, aceptados, poder expresar lo que sentimos y desarrollar autonomía. Cuando esas necesidades no se atienden lo suficiente, pueden formarse creencias y vivencias emocionales profundas sobre uno mismo y los demás. Ese conjunto de ideas, emociones y formas de actuar, que se aprendieron temprano, se activa en nuestras relaciones adultas de maneras que muchas veces nos hacen daño.
En la dependencia emocional aparecen con frecuencia algunas de ellas (Young y Klosko, 2001):
- Abandono: la sensación de que las personas queridas se van a ir. Paradójicamente, lleva a aferrarse tanto que podría terminar generando que otros tomen distancia.
- Privación emocional: la convicción de que nunca vamos a recibir el afecto y la comprensión que necesitamos.
- Sumisión: dejar de lado lo que uno quiere y siente para evitar el enojo o el abandono del otro.
A veces, para protegerse, la persona llega a pensar algo así: “si hago todo lo que el otro quiere y nunca me enojo, se va a quedar conmigo” (Young et al., 2003). Es una estrategia comprensible que nació para cuidar. Con el tiempo, sin embargo, deja muy poco lugar para la propia voz.
¿Por qué me atraen las personas que me hacen sufrir?
Esta es una pregunta que suelo escuchar bastante. Young et al. (2003) describen una especie de química que nos hace sentir más atraídos por quienes despiertan esas creencias y vivencias emocionales profundas, es decir, nuestras heridas más conocidas.
Por eso, a veces, las personas disponibles y cariñosas nos resultan “aburridas”, mientras que las distantes o imprevisibles despiertan una fascinación difícil de explicar. Lo conocido, aunque duela, puede sentirse como un hogar.
La historia no es destino
Castelló (2005) plantea que cuando un niño o niña busca con insistencia el cariño de personas que responden con frialdad o rechazo, puede terminar incorporando esa mirada sobre sí mismo. Esa baja autoestima es la que luego aumenta la necesidad del otro.
Sin embargo, vale aclarar que no se trata de una relación de causa y efecto simple: el temperamento y la forma en que cada persona interpreta lo que vive también tienen un papel importante. Comprender la propia historia ayuda a darle sentido a lo que nos pasa y también nos abre la posibilidad de cambiar.
Para seguir pensando
Quizás valga la pena preguntarnos: ¿qué aprendimos, temprano en nuestras vidas, sobre lo que teníamos que hacer para que nos quisieran?
Tomar el timón: un taller online y gratuito
El miércoles 25 de noviembre a las 19:30 (hora de Argentina) vamos a realizar Tomar el timón, un taller online y vivencial de introducción a la dependencia emocional, la codependencia y los vínculos. Es gratuito y se hace por Zoom. Lo coordino junto a mi colega, la Lic. Juliana Covre, psicóloga clínica.
Será un espacio para pensar en compañía, desde la propia experiencia, cómo nos vinculamos y qué podemos cuidar en nuestras relaciones.
¿Por qué se forma la dependencia emocional?
No hay una única causa. Se la suele relacionar con un estilo de apego ansioso, con experiencias tempranas en las que el afecto fue escaso, inestable o condicionado, y con creencias profundas como el miedo al abandono. También influyen el temperamento y la forma en que cada persona interpreta lo que vive.
¿Por qué me atraen personas que me hacen sufrir?
Young y sus colegas describen una especie de “química” que nos hace sentir más atraídos por quienes despiertan nuestras heridas más conocidas. Por eso, a veces, las personas distantes o imprevisibles generan más fascinación que las disponibles y afectuosas.
Referencias
- Castelló Blasco, J. (2005). Dependencia emocional: Características y tratamiento. Alianza Editorial.
- Feeney, J., y Noller, P. (2001). Apego adulto. Desclée de Brouwer.
- Levine, A., y Heller, R. (2010). Attached: The new science of adult attachment and how it can help you find—and keep—love. Tarcher/Penguin.
- Young, J. E., y Klosko, J. S. (2001). Reinventa tu vida: Cómo superar las actitudes negativas y sentirse bien de nuevo. Paidós.
- Young, J. E., Klosko, J. S., y Weishaar, M. E. (2003). Schema therapy: A practitioner’s guide. Guilford Press.
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